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viernes, 26 de noviembre de 2010

Ruge el mar





Pocos lugares poseen una vibra especial, un espíritu fuerte. En las ciudades que viven dentro de la vertiginosa rutina urbana, en esas que el ritmo lo ponen las horas punta, es aún más difícil encontrar estos sitios. Creo que Lima, dentro de toda su complejidad, es una ciudad que ofrece un lugar donde el mar puede demostrar su vitalidad, donde la naturaleza impone su espíritu y se hace respetar. Este lugar es La Herradura.

Cuando no hay crecida es como un felino durmiendo. Calmado, respira dulcemente, sus garras están escondidas. Sin embargo, como un depredador guiado por el instinto, puede despertar en cualquier momento para buscar su presa. Agazapado se acerca a su víctima, observa atentamente, salta hacia ella, abre las mandíbulas, saca las garras y ruge. La “Herra” hace temblar el suelo con sus rugidos, la espuma blanca son como colmillos depredadores y las barredoras son como un zarpazo desgarrador.

Hace muchos años era la playa más ficha de Lima. Se convierte luego en un lugar abandonado donde los más aventureros corren esas olas inmensas. A veces refugio de personajes indeseables, sede de alguna discoteca o basurero de nuestra urbe. Estas orillas han querido ser devastadas por el cemento y la avaricia de algunos negociantes.

Sin embargo, con todos sus lamentos y virtudes, hemos podido salvar a este felino al borde de la extinción, algunas veces agonizante debido a la contaminación. Es deber de los que respetamos el mar hacer que este pedazo de naturaleza de condiciones óptimas para practicar el surf sea cuidado por las autoridades respectivas.

Texto y fotos: Eduardo Cardozo

martes, 21 de abril de 2009

Pititabla, lo maximo!!




Esta pititabla es una reliquia, una pieza de museo, mi tía la tiene en su cuarto en la casa de playa llena de telarañas y polvo. Mi primera pititabla fue como esa, recuerdo cuando me la regalaron lo feliz que estaba, la olía, la acariciaba y me la ponía en el pecho fantaseando estar sobre una ola, ya no veía el momento de estar en el mar. Mi familia ha veraneado en el sur desde siempre, desde antes que yo naciera, talvez por eso mi amor hacia el mar, la playa, el bodyboard y todo lo que tenga que ver con lo marino. Con esta pititabla más que olas corría chorros, la playa a la que íbamos era brava por lo que no me podía meter adentro. La cosa se ponía mejor cuando se formaba una contraola, que era cuando el chorro salía hasta la orilla y al regresar el agua de la orilla al mar lo hacía con tal fuerza que se formaba un chorro que entraba hacia adentro, yo corría el chorro que salía y cuando los dos chorros, el que salía y el que entraba se encontraban se formaba lo que yo llamaba un aplauso y en cada aplauso yo saltaba con la pititabla, eran como rompemuelles de agua, cómo gozaba. 

El ancla del diseño y el material de la pititabla me hacían escaldar la panza horriblemente, un mal del que padecíamos todos los pititablistas, no se a quién se le ocurrió pero las empezaron a pintar para evitar las escaldaduras cosa que ayudaba. Todo fue felicidad hasta que mi primo Coco me la pidió prestada, yo se la di porque no me quedaba otra, él se metió hasta el fondo, ese día el mar estaba movido y las olas eran huecas y reventaban tipo guillotina, yo no le quitaba los ojos de encima, en eso viene una olaza y él se la baja, tal fue el impacto de la ola al reventar que mi pititabla se partió en dos, yo sentí que mi corazón se partió igual que la pititabla y me mordía los labios para no llorar, el mangansonazo de mi primo puso su cara de autogol y nunca me la pagó el fresco.

Fuente http://tor-teespicante.blogspot.com